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La Coctelera

Cuentos de Mayores...

o relatos para acostarse tarde ;)

19 Agosto 2007

Un día en el balneario...

Después de un viaje discreto llegamos a nuestro destino. No hace mucho que nos conocemos así que nos aventuramos a nuestro primer fin de semana...

Entre bromas y sueños contados en voz alta aparcamos el coche. Salimos, nos sonreímos con los nervios propios de la incertidumbre y después de un tímido suspiro por mi parte acercas tu brazo a mi cintura.

Nuestro juego sigue, de momento en la mente pero todo llegará...

Entramos en la recepción, damos el nombre de reserva y una mujer muy amable llama la atención de un chico con aire distraído para que nos acerque a nuestra habitación. Subimos los tres al ascensor. Entre risas y coqueteos incomodamos al joven que sonrojado y trabando su expresión nos comunica que hemos llegado.

Paso delante sabiendo que me seguirás, que me observas y que
estás pensando en todo lo demás...

Inserto la tarjeta en la ranura de la puerta pero se
resiste. Te acercas y siento tu aliento en el cuello. Mi piel responde y se eriza, esperando el próximo acercamiento.

Seguimos sutiles con nuestro juego ante un breve pasillo que
nos conduce a una preciosa habitación con vistas a la piscina. Salimos al balcón. Te apoyas a la barandilla con las dos manos extendidas y mi cabeza recae sobre tus hombros.

Quieres más así que recoges mis brazos y los llevas a tu cintura y me acercas con fuerza.

Llaman a la puerta. Nos separamos con un gesto rápido, intentando disimular los nervios de la proximidad y me acerco a ver quién es.

Nos traen una botella de cava y unas piezas de chocolate negro. Cuando me giro hacia ti reconozco esa sonrisa en tu cara. Creo que no vamos a salir de la habitación en un rato...

El tiempo pasa lenta e intensamente. Los dos tanteamos al destino y jugamos con él. Fantaseamos sobre el fin de semana y nos seducimos en cada palabra, en cada mirada.

Abres la botella de cava y nos sentamos sobre la cama
saboreando cada pieza de ese intenso chocolate. Cada vez más relajados en la proximidad pero más cerca de los nuevos acontecimientos...

Me descalzo y me recuesto sobre la cama. Y me acompañas.
Jugueteas con mi ropa y hablamos de ir a visitar la zona termal. Abrimos las maletas para buscar los bañadores... y pienso sobre lo oportuno de cambiarme delante de ti... Me parece una manera interesante de provocarte, de invitarte...

Coloco los pies en el suelo y me quito la camiseta por la
cabeza. Busco la parte superior del bikini y me quito el sujetador mientras
siento como los dedos de tu mano se deslizan por mi espalda. Sonrío.

Me ato el bikini y me levanto. Me quito las braguitas por
debajo de la falda y te miro... Sabes que estoy casi desnuda y me tienes muy cerca.

Busco la parte de abajo del bikini y me acabo de vestir. Me
quito la falta y me tumbo a tu lado mientras me ofreces otra copa de cava.

Tu sigues vestido como pensando qué hacer pero tus manos
tomaron la iniciativa antes que tu. Acaricias tímidamente mi cuerpo y juegas con el piercing de mi ombligo. Acercas tu cuerpo al mío y con él tus labios.


Nos besamos y reímos, y acabamos por dejar las copas y el chocolate en el suelo...

[ ¿sigues...? ]

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18 Agosto 2007

Larga espera

Llevo esperando este día, este encuentro muchos meses, muchos días, demasiados. Te he soñado, deseado, imaginado tantas veces a mi lado... que ahora que estás a punto de aparecer ante mis ojos, entre mis brazos, no voy a poder soltarte.

Una sonrisa y una mirada cómplice cruzan la puerta de llegada.
El aeropuerto está lleno de gente pero yo ya no oigo ni veo a nadie. A nadie que no sea tu.
Vengo corriendo y me cuelgo de tu cuello. Un beso, otro beso y un
abrazo interminable. Ahora el beso es tuyo. Lo suave de tus labios roza con ternura mi mejilla, pero mi boca insatisfecha reta a la tuya hasta el beso.

Venga. Vámonos. Tan solo estaremos cuatro días solos. Bueno, tres y
medio porqué te irás al mediodía.

Apenas hemos salido de la entrada del
aeropuerto, pero ya no puedo más. Necesito sentirte cerca, muy cerca de mí. Sé que tu también lo estás pensando.

Me vestí para la ocasión. Una blusa de
transparencias sugerentes. Blanca, inocente. Una falda que cubre mis rodillas y juega a esconder unas medias moradas que a agujeritos ocultan mi piel. ¿Y debajo? Imagino que durará poco, lo suficiente para que entreveas ese conjunto que adoras, de encajes y más transparencias. Sí, el del tanga pequeño que desata esa sonrisa tan pícara y tan tuya. El que siempre te hace sonreír.

Me encanta que tus manos por fin hayan llegado a mi cintura. Que tus dedos traviesos no puedas controlar.

La verdad es que estoy nerviosa, excitada, deseosa, ardiente, caliente.

Necesito saber que me deseas, comprobarlo. No me importa dónde. Ahora mismo me encantaría que me metieras mano descaradamente. Voy a provocarte. No me dejaste alternativa.

¿Viste la película “Lucía y el sexo”? Vámonos a tomar algo...

Sonríes. Aún no te lo crees pero tienes en tus manos mi sujetador. ¿Qué piensas hacer ahora que ves mis pechos a través del leve tul blanco?
Mi sexo está humedeciéndose cada vez más. Tus ojos lascivos me invitan a seguir el juego. Está bien. Me levanto despacio y coloco tus manos en mis rodillas. Me inclino hacia ti regalándote el
escote de la blusa y dejando mis pechos a la altura de tus ojos. Te susurro que arrastres tus manos hacia mis caderas. Pudorosa pero sin poder negarte, concentrado en el tacto y sin descuidar la mirada, accedes. Llegaste a ella. A mí. Quédatela.

Te distraes con los dedos... con tu mano... y acaricias mis ingles, mi sexo desnudo.. . mis nalgas... te haces a mi juego, a nuestro
fuego, al deseo. Y aún jugarás un rato consiguiendo que cierre los ojos de placer. Ummm. Suspiro. Suspiras. Sonríes satisfecho. Estoy desnuda. Te quedaste con toda mi ropa interior y tan solo hace diez minutos que nos encontramos.

Me pides que caminemos... paseamos por el aeropuerto y
escondes tu mano bajo la parte trasera de mi falda. Sabiendo que no existe nada más te excitas y me susurras al oído que te gustaría poder estar dentro de mi.
Me empujas a un rincón y me pides que cierre los ojos. Sudo. Mis pezones erectos se presentan firmes a ti deseosos de caricias, de tus besos y tus mordiscos, de tu sentir. Mi cuello se retuerce esperando ese mordisco que indicará el comienzo... el primero. Desabrochas el botón de la falda. Me estremezco.
Tiemblan tus manos pero no paras y bajas de repente la cremallera.

Mi sexo queda al descubierto y la gente sigue caminado. Me estremezco ahora que empiezas a subirme la camisa. Tu miembro se acerca hasta mi cautivo de las ropas que por breve lo apresan. Y tus manos... siguen su camino y estrechan mis pechos. Me dices que me quieres. Y me que nos tengamos ahora. Asiento.
¿Dónde?

Empiezan a ser incontables las horas que paso contigo a pesar
de tu ausencia. Me estiro desnuda sobre la cama para que mis ropas no puedan enmudecer el deseo de los suspiros que te piensan. Enciendo una vela. Justo encima de la mirada mía que imagina el brillo de los ojos que te descubren sucumbiendo a las caricias de ambos.

Empiezo a estar preocupada. Miento. Hace tiempo que lo estoy. Des de que supe que me había enamorado de ti. Sin causa. Sin poder hacer nada. Sin querer evitarlo. Deseando no poder controlarlo.

Mis pensamientos también se desnudan. Quizá ya hace tiempo
que lo hicieron ante ti pero ese susurro constante que irrumpe en mi mente en el más inoportuno momento... no te engaño si te digo que es nuevo para mí.

Siempre he sido una mujer ardiente, deseosa, que gusta de placeres descritos mundanos por mentes insatisfechas. Admiro los placeres del arte natural del amar, del amor. Quizá por ello nunca dejé de buscar algo más que un compañero de juegos o de vida, o un amante sentimental.

La pasión por la vida se transmite en el respirar, el andar... en la capacidad de suspirar... y no una, sino infinitas veces... en dudar de la realidad de lo cotidiano por haberlo impregnado, al menos vagamente, de sueños... mundanos. Ahora, aún más que antes lo sé. Aún más que nunca. Te quiero. Te necesito a mi lado.

Somos fieles a nosotros mismos y no nos permitimos renunciar a la
expresión... la elección nunca será menos que ardua e incomprensible. Pasiones como sendas profesiones. Nada es casualidad aunque nos refugiemos en ella. Nos entendemos y sabes que no es tan solo en lo común. Hablamos un lenguaje que no es el del cuerpo ni el de la escritura, ni tan solo el que encierra el mundo de las palabras. Esa comunicación casi telepática que nos hace pensar en imposibles, soñar en el mañana y recitar palabras y ocasiones como si hubiéramos compartido ya el ayer...

No. Este escrito no era para ti. Ni tan solo para mí. No sé cómo salió, ni porqué. Pero reconozco entre sus líneas y sus breves descansos que sólo será inteligible para aquel que se atreva a coger las riendas de su vida. Sin falsas ataduras ni renuncias. Sin
convencionalismos.

A menudo, demasiadas veces quizá, me dejo llevar por la fidelidad de mis ilusiones, de las imágenes que no se rinden ante la racionalidad.

Veo una y otra vez tus ojos clavados en mi. En ese coche.
En el último vagón del tren. Estoy nerviosa. Incómoda quizá. Agitada. Sensible. Perturbada por lo que escrito y lo que aún me queda dentro. Siento que cuanto más te digo más debo callar. Sé que entenderás lo que te escribo.

Empecé a escribir en otro idioma, y no en el mío en una lucha
interna a favor de la distancia. En beneficio del alma en frío. Pero ya lo ves. Lo leíste.

La miel de los labios no sólo no desaparece y ante cualquier
intento por limpiarla, se apodera de los labios, los dedos y el olfato... y permanece... y se extiende...
¿A quién conoces que después de lo dulce de la esencia sea capaz y suficientemente terco para desprenderse de lo que con ella
regala su sabor la miel?

De vuelta a la realidad me doy cuento que esto es peor que escribir una carta a los reyes magos justo el día después que te
confirmen la falsedad de la ilusión y te impongan la madurez suficiente para aceptar una realidad que tan solo los adultos sin vida creen y aguantan... ¿los sueños se compran?

Afortunadamente, y a pesar de todo, algunos seguidores
de Peter Pan, Alicia en el País de la Maravillas, Blancanieves, Cenicienta, La historia interminable... y un largo etcétera hasta llegar a mi querida Amelie Poulain, descubren a tiempo y dolor que el objeto de nuestra felicidad no es tal sino que somos nosotros mismos. Con todo lo bueno, pero también con lo más amargo. La responsabilidad y la obligación de ser felices recae sobre el mismo
ser: nosotros. La decisión, mal que nos pese a veces, es nuestra...

Afortunadamente deja de ser necesario escribirle a un desconocido lo bueno y lo bien que te has portado para que no te llenen la casa
de carbón (que por cierto era lo mejor) en día de reyes... la noche que llaga después de mi amanecer... Algo tendrá que ver quizá... (sin modestia, por supuesto...). En resumen, o seguimos pensando en términos materiales ahorrando en espíritu... o nos damos a la esencia de nuestra leve existencia vital en la lucha por los sueños imposibles.

¿Y con todo qué digo?

Pienso en nuestros pies enredándose, en tus manos esperándome al salir de la ducha para enredarse en mi pelo mojado, en tu boca en mi sexo, a mi mano en el tuyo... y humedezco mis labios pensando en el día que podré detenerme ante ti. Verte.
Olerte. Saborearte. Quererte. Sonreírte. Consolarte.

Necesito dártelo todo. Soñar contigo. Proyectos nuevos. Nuestros.
Que me ayudes y ayudarte en los cimientos de ese hogar en el que un perro grande y lanoso duerme tranquilo frente la chimenea. En el que esos nuestros niños, aún pequeños e ingenuos sonríen y se preocupan por si llegó la hora de merendar.

Pienso en una pareja abrazada en un sofá. Sonríen ante un montón de cartas (o correos) y un álbum desordenado de recuerdos sin clasificar.

Huelo la hierba mojada y puedo oír los pájaros cantar cada mañana cuando me besas y nos amamos sin haber dejado jamás de soñar, aun con el sueño entre las manos.

Recuerdo aun sin haberlo vivido cómo te despiertas y levantas de
golpe y corres hasta la mesa... y escribes, y haces bocetos que sólo acostándote a mi vera sabes que surgen una y otra vez. Te acompaño y sonrio y en unos minutos me siento a tu lado con una taza de café con leche. Cómplice y satisfecha te acaricio la mejilla y me vuelvo a acostar.

Somos lo que queremos y nos queremos por lo que somos. Porqué no lo decidió nadie más que nosotros.

Podría... No. Sé que seguiré, que seguiremos con “esto nuestro”
a lo que no nos atrevemos a ponerle nombre por miedo a mancharlo de la realidad a la que estamos acostumbrados. O quizá porque sabemos que será una realidad distinta y cuando demos el primer paso jamás podremos dejar de caminar. Lo desconocido siempre asusta...

Te quiero. Lo suficiente y lo demasiado como para compartir la vida entera contigo sin renunciar a mis / tus sueños...

¿No fue ese el sueño más repetido de la humanidad?

Un beso, muchos... abrázame... dormiré entre tus brazos
toda la noche...

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18 Agosto 2007

En una llamada

Sonó el teléfono. No lo pude descolgar. El ruido no cesaba. Siguió
perturbando mis tímpanos perpetuándose en el tiempo hasta llegar a irritarme.

Lo haría. Seguiría sonando hasta acabar con mi consciente y
forzada resistencia.

Dos mensajes en el buzón de voz. Esa voz inconfundible que me derrite.

Por la noche. Otra vez.
Una llamada sin identificar. Suspiro. Ya no voy a negarlo más.

La mente juega a veces malas pasadas, y queramos o no, nos ayuda tantas veces como nos delata.

Esa noche. Esos 45 minutos no dejarían a ninguno de los dos
igual.

Llevaba todo el día pensando en ti. No es justo, pero reconozco
que nunca dejé de hacerlo. Las excusas, los amores inventados, rechazados, soñados... el dolor de un nuevo desengaño.

Esta noche he soñado contigo.
Íbamos camino de la playa. En realidad sólo habíamos quedado pera ir a comer, pero las cosas casi nunca son como aparentan ser, almenos no tan sencillas como parecen. Almenos no entre nosotros.

Te recogí en la estación. 10 de la mañana. Vine a buscarte porqué ayer creímos que seria lo mejor para los dos. Sin hablarlo ni siquiera lo supimos. No hubiera estado bien.

Esperabas nervioso. Como la primera vez, sólo que esta vez fue diferente. No pude esperar a que tus brazos me recogieran. Los necesito demasiado. Y tu beso. Tus buenos días tardíos.

Ayer me estuve depilando. Todo el año lo hago. Almenos cada
dos o tres semanas. Ahora más a menudo.

La semana pasada leí un artículo curioso. Hablaba del monte de venus. De la depilación del vello del pubis femenino. Bonito nombre. Lo busqué en el google. Nunca imaginé que los genitales femeninos depilados pudieran ser protagonistas de fantasías sexuales masculinas.

Pienso en ello. Lo cierto es que... bueno, no merece más comentarios. Sabes lo que he hecho...

Subimos al coche [esto merece una pausa... mi amigo amarillo sigue siendo virgen...]

Los dos llevamos el bañador debajo. La verdad es que últimamente me enloquece pensar que voy a tatuar mi cuerpo de marcas estúpidas así que olvido la parte de arriba del bikini.

Nunca te he visto con pantalones cortos, hoy es la primera vez...
un bañador azul marino. Discreto. Como tu. Llevas un polo anaranjado. Tu piel resalta. Se nota que hace días que haces media jornada...

Yo me puse una falda tejana. Y encima una blusa. Blanca. Fina. La braguita del bikini es de color negro, pero claro, sentados dentro del coche no la ves. Se ata a los lados con un lazo de cordones con bolitas de colores. La verdad es que es bastante molesto cuando intentas camuflarlo debajo de las ropas de calle.
Llevamos un rato en el coche y empiezas con tus discursos vitales. Tu mano izquierda, como antes, cómo siempre intenta distraer mi vista de la carretera, pero no lo consigues.

Al final te cansas. Pones tu mano encima de mi pierna. La piel
se me iraza y un escalofrió traidor que no pasa desapercibido llega a tus sentidos.

Lo sabias. Lo sabíamos los dos.

Somos amigos recuerdas... [sugiero sin demasiado convencimiento]

Asientes.

Pero tu mano sigue allí, inmutable.

De pronto preguntas. Estamos en la autopista. ¿Hacia dónde nos dirigimos?

La costa. La playa. No puede ser otra que la costa brava. Gerona.

Sonríes. Tenemos tiempo pues, el camino es largo.

Me estremece pensarlo pero es cierto. Lo es. Quedan almenos
treinta minutos más. Dentro del coche. Sin música. Acabas de apagar la radio y estamos a solas. Tu, yo y nuestro respirar.

Estoy excitada. Me excita pensar en lo que podría pasar. En lo que querría que ocurriese. En lo que me hubiera gustado saborear y lo que aun podemos... recuperar.

Apoyas tu cabeza en mi hombro y te pierdes en el breve escote que te permite imaginar mis pechos. Tu aliento llega hasta mis pezones. Se endurecen sin que yo pueda hacer nada. Todo mi cuerpo está pendiente de ti.

Susurras que te gusto, suave, casi despistadamente. Haciendo ver que no quieres que te oiga. Sabes que te escucho.

Humedezco mis labios. Los muerdo. Me cuesta seguir conduciendo.
Sugieres que paremos, pero aun no vemos ninguna área de descanso.

Diez kilómetros. Nos desviamos y tan pronto como pongo el freno de mano bajas del coche y apareces en mi puerta.

Juegas con tus manos debajo de mi falda y desatas los dos lazos que sujetan mi bañador. No hace falta que diga nada. Casi no puedo hablar. Lo soñado en pocas ocasiones acaba siendo real.

Sonríes.
Sé que estas excitado, perturbado, a punto de perder el control... así que caminamos. Vuelvo atrás para cerrar el coche. Las zonas de descanso de la A7 no son precisamente acogedoras, pero eso importa poco ahora.

Miras hacia al lado y descubres mis ojos clavados en tu espalda mientras te alejas... vuelves atrás. No me he movido. Me he sentado en la capota del coche y tus manos viene delante de ti.

Te sitúas entre mis piernas, obligándome a subir la falda para acabar acercándote más. Mis manos se agarran a tu cintura y persiguen tu piel debajo de la camiseta, debajo del bañador... curiosean hasta adivinar tu excitación. Tu deseo. ¿Nuestra perdición?

Nos acariciamos durante unos minutos. Sonreímos y suspiramos nerviosos, conscientes que no es el lugar adecuado para estar como estamos. Así que húmedos, temblorosos, encendidos...
subimos de nuevo al coche.

No. No corrijas la falda. Déjala como está ahora. Quiero pensar tu entrepierna. Adivinar el olor de tu excitación... y tu mano sigue su camino... el mismo que seguirán tus labios, tu boca, tu lengua...
el mismo camino que des de que nos vimos perdía nuestro pensamiento...

No dejas de acariciarme. Los pechos. Las piernas. Los muslos. El sexo. Y yo... yo no puedo hacer nada... más que estremecerme. Pedirte que pares sin querer que me obedezcas. Llamar tu atención para seguir manteniendo la mía, para no perder aun el control.

Deseo. Esa es la palabra.

Hemos vuelto a la autopista.
No hace falta cambiar ya más de velocidad. No hay coches. Sólo algunos. 140. Vamos bien.

De pronto tu cabeza entre mis piernas. Tu aliento me hace
estremecer, pero no puedo pararte.

Descubres mi sexo desnudo. Y me dejas acariciarte, tocarte... masturbarte... Te recuestas en el asiento e inclinas la cabeza hacia atrás. No puedo ver tu expresión pero noto como tiemblas. Cómo te excitas. Oigo tus respiros, rápidos y descompasados. Te bajas el pantalón.

Estamos fuera de sí. Ardientes. Calientes. Descontrolados.
Locos.

Ahora mismo. Escribiéndote. Pensándote. Sabiéndonos así me
descontrolo y mi sexo se humedece preso de la imaginación.

Rápido.
Acomódate. Llegamos al último peaje. Después ya estaremos. Lloret y luego la playa.

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18 Agosto 2007

En el balcón

Llego a casa y me apetece desnudarme. Aún hay luz en la sala de estar y si abro la ventana y corro la cortina el roce del aire calmará mi calor.

De aquí a un par de horas será de noche y sólo quedará la tímida luz de las farolas que rodean la plaza.

Salgo a sentarme. Me gusta reposar mi cuerpo desnudo en la silla de teca, y mirar los pisos de enfrente y pensar que alguien, a
sabiendas de mis costumbres, mira el reloj y me observa detrás de su persiana…
evitando que yo lo vea mientras me observa.

De todos modos, intuyo que está ahí y eso me inquieta. Hace que mi coño se humedezca y mis pezones se
pongan duros. Como se le debe poner a él cada vez que sale a mirarme e imagina
que me pasa algo similar.

O quizá no. Puede que sólo espere a que termine este relato, y lo lea entre sus sábanas, y recuerde los movimientos que distraen mi reparo y dan por ganador al morbo... y me tumbo en el sofá a
masturbarme.

Quizá me esté escuchando. Cuando llega este momento quiero
pensar que es así, que atento a mis gemidos llega al clímax conmigo.

Entonces mis manos se convierten en las suyas y me abro de piernas y cojo la cámara y me retrato desnuda como ensayando las mejores posturas para que me vea al completo y mejor la próxima noche.

Suspiro y me pregunto si me estará esperando ahora, si estoy llegando tarde o si simplemente, al ver la luz de la habitación encendida...

Tags: balcon, erotismo, sexo

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