Llego a casa y me apetece desnudarme. Aún hay luz en la sala de estar y si abro la ventana y corro la cortina el roce del aire calmará mi calor.
De aquí a un par de horas será de noche y sólo quedará la tímida luz de las farolas que rodean la plaza.

Salgo a sentarme. Me gusta reposar mi cuerpo desnudo en la silla de teca, y mirar los pisos de enfrente y pensar que alguien, a
sabiendas de mis costumbres, mira el reloj y me observa detrás de su persiana…
evitando que yo lo vea mientras me observa.
De todos modos, intuyo que está ahí y eso me inquieta. Hace que mi coño se humedezca y mis pezones se
pongan duros. Como se le debe poner a él cada vez que sale a mirarme e imagina
que me pasa algo similar.
O quizá no. Puede que sólo espere a que termine este relato, y lo lea entre sus sábanas, y recuerde los movimientos que distraen mi reparo y dan por ganador al morbo... y me tumbo en el sofá a
masturbarme.
Quizá me esté escuchando. Cuando llega este momento quiero
pensar que es así, que atento a mis gemidos llega al clímax conmigo.
Entonces mis manos se convierten en las suyas y me abro de piernas y cojo la cámara y me retrato desnuda como ensayando las mejores posturas para que me vea al completo y mejor la próxima noche.
Suspiro y me pregunto si me estará esperando ahora, si estoy llegando tarde o si simplemente, al ver la luz de la habitación encendida...

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